BRASIL NO PUEDE SEGUIR SIENDO UN MERO ESPECTADOR EN EL DEBATE SOBRE LAS TIERRAS RARAS

Artículo redactado por Edemir Bogesky, Vice Presidente 1° BRIPAEM

Las tierras raras son minerales esenciales para la fabricación de semiconductores, baterías, turbinas y tecnologías verdes. Quien controla este recurso controla parte del futuro de la economía mundial. China domina aproximadamente el 90 % del procesamiento global e impone exigencias estrictas a las empresas extranjeras, como la creación obligatoria de empresas conjuntas (joint ventures) con compañías estatales y la transferencia de tecnología. Vietnam, a través de su Plan Maestro de Minería (2026-2030), prohibió la exportación de mineral sin procesar y condicionó las inversiones a la instalación de plantas de procesamiento en su territorio. Corea del Sur, en el sector de los semiconductores, también exigió contrapartidas relacionadas con la transferencia tecnológica y la formación de mano de obra nacional.

Estos países comprendieron un principio básico de la diplomacia y la negociación internacional: no se abre un mercado sin obtener algo a cambio. Tal como señala Henry Kissinger en Diplomacy, las concesiones sin retorno debilitan el poder nacional. El clásico Satow’s Diplomatic Practice, organizado por Sir Ivor Roberts, destaca la importancia de la reciprocidad y de establecer condiciones claras en las negociaciones. Por su parte, John Mearsheimer, en The Tragedy of Great Power Politics, demuestra que el poder es la moneda de las relaciones internacionales y que abrir un mercado sin exigir contraprestaciones implica perder poder.

En Brasil, la minera Serra Verde, ubicada en el estado de Goiás, fue adquirida por la empresa estadounidense USA Rare Earth en una operación valuada en aproximadamente 2.800 millones de dólares. El acuerdo contempla contratos de suministro a largo plazo e integra la producción brasileña a la cadena industrial de la compañía, desde la extracción minera hasta la fabricación de imanes permanentes. Aunque la operación incluye compromisos como inversiones millonarias y precios mínimos garantizados, aún se encuentra bajo análisis del Consejo Administrativo de Defensa Económica (CADE) y enfrenta cuestionamientos judiciales. Más que representar una política de Estado brasileña, refleja el esfuerzo de Estados Unidos por reducir su dependencia de China.

Es cierto que existen iniciativas en el Congreso brasileño, como el Proyecto de Ley 2780/2024, que crea la Política Nacional de Minerales Críticos y Estratégicos y el Frente Parlamentario en Defensa de las Tierras Raras. Estas propuestas buscan establecer un fondo de garantía, incentivar la industrialización local y limitar la exportación de minerales en estado bruto. A diferencia de la política informática de la década de 1980 —establecida por la Ley de Informática de 1984 y derogada en 1991, que aisló al país al restringir el ingreso de empresas extranjeras—, las iniciativas actuales mantienen el mercado abierto a las inversiones internacionales, pero incorporan condiciones obligatorias como el procesamiento interno y la generación de valor agregado para evitar que Brasil continúe exportando únicamente materias primas.

Estas iniciativas legislativas representan un avance, aunque necesitan estar acompañadas por una reflexión diplomática y académica que les otorgue mayor solidez.

La Fundación Alexandre de Gusmão (FUNAG), principal espacio institucional para que diplomáticos y especialistas publiquen estudios sobre política exterior, ha producido diversas obras sobre recursos estratégicos y geopolítica. Sin embargo, resulta llamativo que las publicaciones dedicadas a las tierras raras sean todavía escasas en comparación con otros temas estratégicos. Esto sugiere que la cuestión aún no ocupa un lugar relevante dentro de la producción diplomática oficial, aunque posiblemente forme parte de debates internos y negociaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores (Itamaraty). La ausencia de estudios públicos sobre el tema resulta preocupante: si ni siquiera los diplomáticos, llamados a anticipar riesgos y oportunidades, difunden estas discusiones, Brasil corre el riesgo de repetir errores históricos.

Actualmente, Brasil exporta concentrados de tierras raras sin controlar las etapas de mayor valor agregado, como la separación química, la metalización y la fabricación de imanes permanentes.

Este riesgo no es nuevo. A comienzos del siglo XX, Brasil fue engañado durante el episodio de la arena monacítica de Guarapari, en el estado de Espírito Santo. Los responsables de algunos buques que llegaban a la región afirmaban que necesitaban cargar arena para equilibrar las embarcaciones durante el viaje de regreso. Los pescadores y las comunidades locales, actuando de buena fe, aceptaban esa explicación creyendo que respondía a una necesidad técnica.

En realidad, esa “arena” era arena monacítica, rica en torio y cerio, minerales utilizados para fabricar las mantillas incandescentes que iluminaban ciudades de Europa y Estados Unidos. Como describe el Boletín Electrónico 1660 – Tierras raras y la tragedia del abandono nacional, Brasil iluminaba al mundo con minerales extraídos gratuitamente de sus costas. Fue un episodio tan curioso como trágico: el país entregó parte de su riqueza estratégica sin comprender su verdadero valor. Cuando finalmente tomó conciencia de su importancia, gran parte del recurso ya había sido exportado sin recibir ninguna contraprestación. Margaret MacMillan, en Peacemakers, explica cómo las concesiones mal negociadas comprometieron el equilibrio internacional tras la Primera Guerra Mundial. El paralelismo es evidente: renunciar a recursos estratégicos sin establecer condiciones sólidas compromete el futuro.

Lo más preocupante es que, ya en pleno siglo XXI, Brasil parece repetir la ingenuidad de aquellos pescadores de Guarapari. Así como ellos observaban pasivamente cómo los barcos se llevaban la arena monacítica bajo el argumento del “lastre”, hoy el país vuelve a ver partir sus recursos estratégicos sin contar con una política de Estado capaz de garantizar un control efectivo y exigir beneficios concretos.

Abrir los mercados es fundamental para el desarrollo, pero no debe hacerse sin obtener algo a cambio. Robert Cooper, en The Ambassadors, muestra cómo los diplomáticos fueron también grandes pensadores que moldearon importantes negociaciones internacionales. Paul Sharp, en Diplomatic Theory of International Relations, sostiene que la diplomacia debe entenderse como una práctica orientada a generar beneficios reales y sostenibles. China, Vietnam y Corea del Sur comprendieron esta lógica y transformaron sus exigencias en poder estratégico. Brasil, en cambio, carece de un proyecto nacional y del dominio tecnológico necesario, por lo que acepta condiciones que no le garantizan un verdadero control estratégico.

Brasil recibió algunas exigencias en estas negociaciones, pero fueron limitadas porque no domina la tecnología de procesamiento de las tierras raras. Sin un proyecto nacional sólido en este sector, el país seguirá exportando materias primas e importando tecnología de alto valor. El verdadero desafío consiste en transformar las iniciativas parlamentarias en una política de Estado permanente, capaz de garantizar control estratégico y continuidad en el tiempo. De lo contrario, Brasil repetirá dos errores históricos: la reserva de mercado de la informática, que terminó aislando al país, y el caso de la arena monacítica, exportada bajo el engaño del supuesto “lastre” para los barcos. En ambos casos, el país perdió oportunidades únicas y hoy no puede darse el lujo de repetir ese mismo patrón con las tierras raras.

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